Durante casi un siglo, cuando se hablaba de la Generación del 27 se nombraba a Lorca, Alberti, Cernuda o Salinas. Pero junto a ellos crearon, escribieron, pintaron y pensaron muchas mujeres que la historia dejó en segundo plano. Hoy las conocemos como las Sinsombrero.
¿Por qué «Sinsombrero»?
El nombre nace de una anécdota que contaba la pintora Maruja Mallo: un día, al cruzar la Puerta del Sol con Margarita Manso, Salvador Dalí y Federico García Lorca, se quitaron el sombrero. En el Madrid de los años veinte, ir a cuerpo descubierto era un gesto de rebeldía, y los transeúntes los increparon. Aquel gesto simbolizaba la libertad que estas mujeres reclamaban.
El término se popularizó en 2015 gracias al proyecto documental Las Sinsombrero, de Tània Balló, Serrana Torres y Manuel Jiménez Núñez, que devolvió sus nombres al debate público.
Quiénes fueron las Sinsombrero
Maruja Mallo, pintora gallega de la vanguardia, admirada por los surrealistas. Margarita Manso, pintora e ilustradora. Ángeles Santos, autora de Un mundo (1929), una de las pinturas más singulares de su tiempo. Marga Gil Roësset, escultora e ilustradora de enorme talento.
Concha Méndez, poeta y editora, que fundó con Manuel Altolaguirre una imprenta y varias revistas literarias. Ernestina de Champourcín, poeta de la espiritualidad y del amor, incluida en la antología de Gerardo Diego de 1934. Josefina de la Torre, poeta, actriz y cantante canaria, también presente en esa antología.
María Zambrano, filósofa de la «razón poética» y primera mujer en recibir el Premio Cervantes (1988). Rosa Chacel, novelista y ensayista. María Teresa León, escritora y autora de Memoria de la melancolía.
El Lyceum Club y la conquista del espacio público
En 1926 se fundó en Madrid el Lyceum Club Femenino, presidido por María de Maeztu, un lugar de encuentro, debate y creación para mujeres intelectuales. Allí se hablaba de literatura, de arte y de derechos. Muchas de las Sinsombrero participaron en esa vida cultural que la Guerra Civil y el exilio truncaron.
Exilio y olvido
Tras 1939, muchas de ellas marcharon al exilio —Concha Méndez y Ernestina de Champourcín a México, María Zambrano a América y Europa— y su obra quedó fuera de los manuales durante décadas. Recuperarlas no es solo hacer justicia: es entender de verdad qué fue el 27.
Las obras de las Sinsombrero

Ernestina de Champourcín publicó su primer libro, En silencio, en 1926, y en 1936 Cántico inútil. Amiga y discípula de Juan Ramón Jiménez, fue una de las dos únicas mujeres incluidas en la edición de 1934 de la antología de Gerardo Diego. La otra fue Josefina de la Torre, poeta, actriz y novelista canaria, autora de Versos y estampas (1927).
Concha Méndez fue poeta, dramaturga y editora: junto a Manuel Altolaguirre levantó una imprenta de la que salieron revistas y libros fundamentales del grupo. María Teresa León, escritora y compañera de Rafael Alberti, participó durante la guerra en la protección del patrimonio artístico y dejó en Memoria de la melancolía uno de los grandes testimonios del exilio.
En la pintura y el pensamiento brillaron Maruja Mallo, cuyas Verbenas se expusieron en la Revista de Occidente en 1928; Rosa Chacel, autora de Estación. Ida y vuelta; y María Zambrano, filósofa de la razón poética y primera mujer en recibir el Premio Cervantes, en 1988.
La recuperación de las Sinsombrero
Durante décadas, los manuales hablaron de la Generación del 27 como de un grupo de hombres. La recuperación de estas autoras ha llegado sobre todo en los últimos años, gracias a reediciones, estudios académicos y al proyecto Las Sinsombrero, impulsado por Tània Balló, que incluyó un documental emitido por RTVE en 2015 y varios libros.
El centenario de 2027 es la gran oportunidad para completar el retrato. Hablar del 27 sin ellas es contar solo la mitad de la historia. Si quieres conocer el contexto completo, empieza por qué fue la Generación del 27.
Las Sinsombrero en escena

En 27, La Generación, el espectáculo sobre la Generación del 27 de José Luis Montón y Lara Suárez, Ernestina de Champourcín, Concha Méndez y María Zambrano ocupan el lugar que merecen junto a sus compañeros. La guitarra en directo y la palabra devuelven sus voces al escenario.


